Pusimos en la fe la confianza ciega cuando era la voluntad la que escribía el parto de la fiebre, ese trayecto incómodo entre temblor y exudación del mal donde encuentra habitáculo el delirio de los alucinados que, amenazantes, con sus míseras voces de señuelo braman los infundios más zafios. Sin perder brújula ni vértice, seguimos el flujo del poniente tenaz con el instinto propio del ser vivo, bogando en el sagrado plasma de lo humano. Hubo clamor de hélices, brumas, intempestivas máculas espinas y furtivos conspirando en jauría nada más que desprecios, nada menos que espantos. Pero que nada turbe el sueño de los justos, la camaradería de los afines. No existen óbices bastantes cuando se pacta con el favor del viento.