Al hilo del Día Internacional de la Mujer… una reflexión

 (14-3-2017)

















Imagen(*): Dharmadatta 


USOS Y ABUSOS DE LA MUJER EN EL PATRIARCADO INCA

Breve estudio de género sobre los Comentarios Reales del Inca Garcilaso
(Capítulo de un libro publicado en Málaga, 2009)

Cualquier intento de aproximación a la realidad social, política y económica de la mujer en los siglos que preceden al XX, debe partir del hecho de que la práctica mayoría de los textos que nos van a servir como fuente o referencia en el abordaje del tema en cuestión, son discursos elaborados por hombres que, como tales, responden a un modo de pensamiento unívoco y fragmentario que es consecuencia directa de un sistema jerárquico patriarcal. Este aspecto es decisivo no sólo a la hora de seleccionar la información, sino también en el momento de interpretarla pues no podemos perder de vista que tal parcialidad va en detrimento de la valoración de la figura de la propia mujer que va a quedar circunscrita a un segundo plano (o tercero o cuarto, según se trate de una mujer rica o pobre, noble o plebeya, campesina o prostituta). Por esta razón debemos tener muy presente a la hora de afrontar el texto, no sólo el momento histórico en el que se produce, que nos arrojará luz sobre un constructo ideológico concreto, sino también el modelo de pensamiento que reproduce el autor que puede o no coincidir exactamente con la sociedad que presenta el texto, además de las razones por las que se escribe que van a condicionar sobremanera la visión que se ofrece, en este caso, de lo femenino.
No debemos, por tanto, tratarlo como un discurso aislado sino dentro del sistema de relaciones posibles con otros discursos próximos en el tiempo o en el tema, o en ambos aspectos simultáneamente. Tampoco debemos olvidar que todo producto literario carece de objetividad incluso en aquellos casos en que se presente como crónica de sucesos, tal cual ocurre en los Comentarios reales. Aunque su autor, El Inca Garcilaso de la Vega, los ha conformado como un relato histórico fidedigno, lo cierto es que describe en ellos una realidad social utópica e idealizada: la del Imperio Inca, al que él y sus antepasados pertenecen, contemplado desde la admiración y la nostalgia. Hay una pretensión, evidente en el discurso, de que se reconozca su origen real y noble pues, como mestizo y bastardo, tiende a quedar situado en un plano social inferior dentro de los estamentos de clase europeos y, al mismo tiempo un intento de limpieza del buen nombre y la honra de su padre que han sido mancillados por una sentencia que lo acusa de traidor.  Es preciso valorar la importancia de este hecho si tenemos en cuenta que el texto se produce entre el final del siglo XVI y principios del XVII, momento en el que el rango de nobleza otorga un lugar destacado en la sociedad y abre muchas puertas, y la deshonra puede significar la humillación más absoluta. La otra motivación presente en los Comentarios es su afán de justificación y glorificación de un modo de cultura previo a la llegada de los españoles a Perú junto con el deseo de subsanar los errores que él interpreta como un atentado contra su honor y que, a su entender, han cometido otros cronistas a la hora de reflejar el entramado sociopolítico de la civilización inca, sobre todo aquellos que nunca estuvieron en el nuevo continente (como es el caso de Francisco López de Gómara en su Historia general de las Indias.[1]
Podemos vislumbrar, bajo estas premisas, que los Comentarios nos van presentar un modelo femenino propio del siglo XVI, de rasgos básicamente europeos, por la necesidad del autor de mostrar un estereotipo que cumpla los cánones aceptados en el viejo continente, aunque con ciertas atribuciones específicas que lo distingue del modelo de referencia, en un intento idealizador no sólo de la mujer peruana precolombina noble o de estirpe real sino también de la plebeya, ambas equiparadas en ciertas virtudes que tienen que ver con el modo de crianza de los hijos y “los oficios caseros y mujeriles” (Garcilaso de la Vega, 319) como el hilado y tejido de las ropas.
El relato de El Inca refiere el hecho de que tanto la reina como las nobles o las mujeres humildes realizan la tarea de amamantar ellas mismas a sus hijos, a menos que exista en la madre alguna incapacidad: “La madre propia criaba a su hijo; no se permitía darlo a criar, por gran señora que fuese, si no era por enfermedad” (Garcilaso de la Vega, 253). Este hecho contrasta, ya desde la época medieval,[2] con la costumbre europea, que tenían las damas de estirpe noble, de dar a criar los hijos a nodrizas, pese a que ello suponía una de las causas de la alta mortandad infantil, debido a que la mujer que daba de mamar solía ser de un estrato social más pobre y por esta razón estaba peor alimentada o incluso enferma (aunque aparentemente no se evidenciara). Con frecuencia también ella tenía hijos a los que amamantaba al mismo tiempo que al hijo de la mujer noble, por lo cual padecían desnutrición con tal que los de la mujer noble se criasen rollizos y sanos.
Para los defensores de una moral más radical estaba mal visto que la mujer noble no diera de mamar a su criatura. Las razones de esta negativa tenían que ver con el temor a que la práctica sexual perjudicara al hijo bien porque estropeaba la leche materna, como se pensaba, o bien por la posibilidad de embarazo de la mujer que suponía el final de la lactancia por la retirada del flujo lácteo del seno. Pero era preferible que la madre no diese de mamar (y que lo hiciese otra en su lugar) que prohibir las relaciones sexuales. En los Comentarios también se alude a este hecho: “Mientras criaban se abstenían del coito porque decían que era malo para la leche y encanijaba la criatura” (Garcilaso de la Vega, 253-254). Si tenemos en cuenta que el destete se producía como mínimo a los dos años de edad[3] puede parecer demasiado dilatada la ausencia de relaciones sexuales, lo que podría llevarnos a pensar que el relato no se ajusta a la realidad o exagera los hechos, de no ser por la duda razonable que nos aporta el testimonio de otro cronista anterior, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, en su obra Naufragios y Comentarios, de 1537,refiriéndose al modo de vida de los indios de la isla de Mal Hado (situada en una zona fronteriza entre México y Estados Unidos): “[...] todos los indios que hasta esta tierra vimos tienen por costumbre desde el día que sus mujeres se sienten preñadas no dormir juntos hasta que pasen dos años que han criado los hijos [...]” ( Núñez Cabeza de Vaca, 94).
En cuanto a la crianza de los niños en el antiguo Imperio Inca nos encontramos con una sociedad conformada de un modo extremadamente rígido donde los roles estaban perfectamente definidos. Por supuesto que eran las madres las que se encargaban de educar a los hijos durante su período infantil sin ninguna intervención masculina y, según nos relata El Inca Garcilaso, solían hacerlo con una gran rudeza y autoridad pues nada más
[...] nacía la criatura la bañaban con agua fría para envolverla en sus mantillas, y cada mañana que la envolvían la habían de llevar con agua fría[...]. Decían que hacían esto por acostumbrarlos al frío y al trabajo y también porque los miembros se fortaleciesen. [...] Teníanlos siempre echados en sus cunas [...] Al darles la leche ni en otro tiempo alguno no los tomaban en el regazo ni en brazos. La madre se recostaba sobre el niño y le daba el pecho [...] tres veces al día [...] y fuera de estas horas no les daban leche aunque llorasen [...] decían que los animales no estaban dando leche a sus hijos todo el día ni toda la noche [...]. La parida se regalaba menos que regalaba a su hijo, porque en pariendo se iba a un arroyo o en casa se lavaba con agua fría y lavaba su hijo y se volvía a hacer las haciendas de su casa, como si nunca hubiera parido ( 253-254).
Queda constancia de la excesiva disciplina con la que la mujer asume su papel de educadora, disciplina que a su vez se auto infringe no dejando de realizar las tareas que justifican su existencia que son el acondicionamiento del hogar y el cuidado del marido y los hijos, entre otras labores, aunque acabe de producirse el alumbramiento. Este modus operandi femenino resulta bastante universal y frecuente hasta el mismo siglo XXI (todavía en la actualidad algunos pueblos indígenas siguen manteniendo esta práctica) y lo encontramos recogido también en este texto de Marco Polo:
[En la provincia de Çardandan] Las mujeres lo hacen todo y sólo las ayudan los esclavos. Cuando las damas tienen un hijo varón lo lavan y lo envuelven en un pañal, y el marido se acuesta en la cama con el niño y se queda en ella durante cuarenta días [...] y esto lo hacen porque dicen que sus mujeres han pasado fatigas llevando el niño en su vientre y no quieren que sufran cuarenta días. Pero la mujer, en cuanto ha parido, se levanta, hace todos los menesteres de la casa, y sirve a su varón en la cama.(116)
Al mismo tiempo está presente en el discurso de El Inca Garcilaso la equiparación del comportamiento de la mujer con el de las hembras de otras especies animales, aspecto éste muy significativo del modo en que se concibe el papel de la mujer en una sociedad organizada por hombres, que queda circunscrito a la perpetuación de la especie sin necesidad de que manifieste ningún comportamiento más propiamente humano como es el afecto al hijo a través de los gestos habituales de contacto físico. Existe, por tanto, una razón moral para considerar a la mujer pieza clave para la continuidad de la sociedad del antiguo imperio inca pero no para atribuirle las cualidades humanas que le son inherentes. El resultado de la crianza debe ser un nuevo individuo (mejor si es varón) que, con la misma severidad con que ha sido educado, cumpla sus funciones dentro del entramado social al que pertenece, ya sea de la nobleza o el pueblo llano.
Pero la mujer de la que se nos habla en los Comentarios no sólo cuenta entre sus deberes el cuidado de la casa, sino que  además debe realizar la confección del tejido y la ropa de todos los que la habitan y compartir con el hombre el trabajo del campo:
La vida de las mujeres casadas en común era con perpetua asistencia de sus casas; entendían en hilar y tejer lana en las tierras frías, y algodón en las calientes. Cada una hilaba y tejía para sí y para su marido y sus hijos. [...] Al trabajo del campo acudían todos, hombres y mujeres, para ayudarse unos a otros.[...] Las indias eran tan amigas de hilar y tan enemigas de perder cualquiera pequeño espacio de tiempo, que yendo o viniendo de las aldeas a la ciudad, y pasando de un barrio a otro a visitarse en ocasiones forzosas, llevaban recaudo para dos maneras de hilado, quiero decir para hilar y torcer. (Garcilaso de la Vega, 255-256)
La separación entre las tareas que el hombre realizaba y las que ocupaban a la mujer  era más clara en el primero que en la segunda lo que equivale a que el varón no debía nunca realizar un trabajo que se considerara propiamente femenino, mientras que la mujer abarcaba un espectro más amplio de labores posibles, aunque fueran más apropiadas para el hombre por la exigencia de una fuerza física mayor.
De hecho intercambiar el oficio con la esposa estaba tan mal visto que se consideraba una costumbre propia de un pueblo salvaje:
En algunas provincias muy apartadas del Cuzco, que aún no estaban bien cultivadas por los reyes incas, iban las mujeres a trabajar al campo y los maridos quedaban en casa a hilar y tejer. Mas yo hablo de aquella corte y de las naciones que la imitaban que eran casi todas las de su Imperio; que esotras, por bárbaras, merecían quedar en olvido. (Garcilaso de la Vega, 255-256)
Lo que extraña a El Inca no es que la mujer vaya a trabajar al campo, pues era obligación habitual en ella. Se sorprende de que una tarea estrictamente femenina sea realizada por un hombre que, por este hecho, necesariamente debe ser considerarlo como falto de principios aunque, eso sí,  justificado por su lejanía de la civilización.
Un caso similar nos plantea Boccaccio en un relato que tiene a Hércules como víctima, en el que el invencible héroe acaba humillado, hilando con una rueca de mujer entre sus manos:
Iola, hija del rey Euriteo de Etolia, era la más bella de todas las muchachas de aquel país. Dicen que estaba enamorado de ella Hércules, el dueño del mundo. Y también que Euriteo se la había prometido en matrimonio, pero que más tarde se la había denegado. Irritado, Hércules desencadenó una guerra contra él y lo mató. Y tras conquistar el país, tomó para sí a su amada Iola. Ciertamente, ésta estaba más conmovida por la muerte de su padre que por el amor de su esposo. Deseando vengarse, encubrió con maravillosa y constante doblez sus sentimientos hacia éste bajo las apariencias de un falso amor. Con sus caricias y artimañas lúbricas, consiguió que Hércules la llegase a amar tanto como para estar segura de que no le negaría nada de cuanto pudiera pedirle [...] llevó a aquel hombre [Hércules] , que ya se había abandonado al lujo, al extremo de hacerle sentarse como cualquier mujer entre otras mujeres y contarles sus hazañas. Cogiendo la rueca hilaría la lana; y sus dedos, que siendo niño habían sido lo suficientemente fuertes como para matar con ellos a las serpientes, ahora que estaba en la edad de vigor, en el colmo de su plenitud, se suavizaban hilando la lana. (cit. en Figes, 47-48)
La realidad de la mujer peruana y en general de toda América en el siglo XVI viene a ser más cruda que el modo sutil en que El Inca lo narra en su texto. En la práctica podemos casi equipararla con una esclava que no puede permitirse ni el más mínimo relajo en sus obligaciones. Soporta sobre sus espaldas una carga de responsabilidad y trabajo mucho más pesada que el hombre, pero, sobre todo, la ausencia total del más remoto atisbo de libertad. Esta situación está muy bien resumida en un texto de Carlos Alberto Montaner en el que establece una comparación de igualdad entre el antes y el durante de la conquista:
Las indias, además de las prestaciones sexuales, brindan, tal como hacían en el mundo precolombino, toda clase de servicios domésticos y actúan como bestias de carga, especialmente durante el largo período que tardaron los asnos, caballos y burros en reproducirse, puesto que antes de la llegada de los españoles en América no existían la rueda ni los animales de carga o tiro, a excepción de la frágil llama. Ese salto “tecnológico” –como señalara, quizá exageradamente, el ensayista mexicano José Vasconcelos–, dado el alivio que proporcionaba a las mujeres, acaso compensaba por sí solo el dolor causado por el trauma de la conquista. ( 94)
La misma idea de subordinación al entramado político y social urdido por el varón la encontramos en esas pequeñas sociedades también jerárquicas que constituyen las casas de las vírgenes dedicadas al Sol que nos remiten inevitablemente al referente más cercano que tenemos en nuestra cultura que son las religiosas de clausura. El propio Garcilaso las llama monjas en varias ocasiones por su condición de mujeres apartadas del mundo que sirven a la divinidad o al rey (como representante del dios en la tierra) y sus parientes nobles. De hecho El Inca establece una clasificación de las mujeres vírgenes en distintos tipos según el señor al que servían, la procedencia y las funciones que desempeñaban. De una parte estaban las dedicadas al Sol que poseían el más alto rango  por ser esposas de la deidad y descendientes de él, las cuales debían cumplir sobradamente los requisitos que se exigían para su ingreso en las casas de escogidas. Su labor principal consistía en  hilar y tejer bellísimos paños y en confeccionar ropa finísima para ofrecerla en sacrificio a su esposo el Sol, así como los atuendos que vestían el Inca y su esposa la Reina en quienes acaban recayendo buena parte de las ropas que, lógicamente, el Sol no podía lucir; además se ocupaban de oficiar el culto religioso a la deidad. Por otra parte estaban las vírgenes del Inca, recogidas en otras casas mandadas construir por éste y distintas a las del Sol. Al contrario que las anteriores, podían ser de diversas procedencias: legítimas de sangre real y bastardas. Solían ser a menudo hijas de los nobles al servicio del rey aunque también podían ser muchachas plebeyas a las que se escogía por su gran belleza y que le servían como concubinas. Hay que añadir que para los padres suponía un gran privilegio el que sus hijas formaran parte del séquito real. Las que el rey usaba como concubinas no volvían a la casa con las demás, puesto que ya eran corruptas y no vírgenes. En lo relativo a las tareas que realizaban en su encierro podemos afirmar que eran semejantes a las de las esposas del Sol. La diferencia radicaba en que las ropas confeccionadas también servían para los nobles que rodeaban al Inca. Hay otras fuentes que hablan de muchachas que tras entrar como novicias en las casas de escogidas, y, una vez habían aprendido a tejer e hilar y las tareas domésticas, eran retiradas por sus padres a la edad de dieciocho años para casarlas.[4]
El otro grupo de mujeres vírgenes estaba constituido por las llamadas Ocllo (nombre consagrado) que eran “mujeres de sangre real que en sus casas vivían en recogimiento y honestidad, con voto de virginidad, aunque no de clausura”. (Garcilaso de la Vega, 244). Las que sí guardaban clausura, aunque no fueran vírgenes, eran las viudas durante su primer año tras la muerte del esposo. Cuando no tenían hijos se casaban de nuevo, mientras que guardaban perpetua castidad si los tenían. Claro está que hay que poner en tela de juicio lo que nos dice El Inca Garcilaso a este respecto, pues más parece que pretende mostrar a unas indias cumplidoras de la moral cristiana que de las propias costumbres de su pueblo.
En el caso del Perú prehispánico, dichas mujeres deben ser necesariamente vírgenes (de ahí que las escogieran de una edad igual o inferior a ocho años según nos cuentan los Comentarios, aunque otras fuentes retrasan la edad hasta los diez años)[5] lo que no siempre se cumple entre las religiosas cristianas, pues dentro del monacato femenino de clausura podía haber también viudas que se retiraban definitivamente a los conventos, en los que ya solían mantenerse célibes hasta su muerte.
La cuestión de la virginidad tiene un grado de importancia máximo para entender la función de las mujeres dentro de cualquier sociedad patriarcal. De hecho en casi todos las culturas aparece de uno u otro modo valorada de manera positiva. Las civilizaciones mesopotámica y griega, por ejemplo, consideraban a la diosa Virgo como mediadora entre el espíritu y la materia,  la inteligencia y la práctica vital, que se asociaba con la procreación. El ritual consistía, por tanto, en la entrega, por parte de la mujer, de su virginidad a la diosa con el fin de asegurarse la fertilidad,[6] tan importante también para todas las culturas y creencias religiosas.
Para los pueblos de la antigua Babilonia la prostitución con carácter religioso, consistía en que las doncellas eran desfloradas en los templos, dentro de un ritual obligado y mágico. De manera similar en los templos brahmánicos de la India, se practicaban  servicios sexuales por jóvenes seleccionadas para la ocasión. A ello podemos añadir la ofrenda mágico-religiosa de muchachas vírgenes a la divinidad en muchos  otros pueblos y civilizaciones consideradas salvajes desde occidente.
Hemos de decir que la castidad absoluta representa un grado de sumisión máximo dado que constituye una auténtica lucha contra los instintos naturales de sexualidad y procreación.
La virginidad se entiende como una virtud básicamente femenina que agrada tanto a los hombres como a los dioses y, como hemos visto, es una constante que se repite en las distintas manifestaciones religiosas desde la Antigüedad.[7] Son frecuentes los relatos sobre sacrificios de las vírgenes bien como tributo a la divinidad o bien como modo de evitar la pérdida de la pureza, lo que las convierte en mártires dignas de los más altos honores. La virginidad está tan bien valorada social y religiosamente que algunas mujeres llegan a fingirla con tal de no ser repudiadas por el varón manchando la cama con alguna sustancia que simule la ruptura del himen con el consiguiente sangrado. Un ejemplo interesante al respecto lo encontramos en las reconstructoras de virgos, como lo fue el personaje Celestina en la obra de Fernando de Rojas,[8] y que tanto proliferaron en el Siglo de Oro español, permitiendo a la mujer ser físicamente virgen más de una vez.
Pero es sin duda en la herencia textual judeocristiana donde más referencias encontramos en torno al tema de la castidad como muestra este fragmento del Deuteronomio:
Si un hombre toma una mujer, entra a ella y luego la aborrece, le imputa falsos delitos y la difama diciendo: “He tomado esta mujer, pero cuando entré a ella no la hallé virgen” el padre de la joven y su madre tomarán las pruebas de su virginidad y las presentarán a los ancianos en las puertas de la ciudad. El padre de la joven dirá a los ancianos: “Yo había dado a mi hija por mujer a este hombre, que la ha aborrecido tanto que le hace acusaciones deshonrosas diciendo: No he hallado virgen a tu hija. Pero ahí están las pruebas de su virginidad” y extenderá la sábana ante los ancianos de la ciudad. Entonces los ancianos tomarán al hombre y lo castigarán, condenándolo a pagar cien siclos de plata como reparación al padre de la joven, puesto que este hombre ha difamado a una virgen de Israel. Ella continuará siendo su mujer y no podrá repudiarla durante toda su vida.
Mas si la acusación es verdadera y no se han encontrado en la joven las pruebas de la virginidad, hagan salir a la joven fuera de la casa de su padre y sea lapidada por toda la ciudad hasta que muera, pues ha cometido una acción infame en Israel prostituyendo la casa de su padre. Así harás desaparecer el mal en medio de ti (Dt. 22, 13-21)
(La desproporción en el castigo, como de costumbre, suele favorecer más al varón que a la mujer que parte siempre de una situación de inferioridad por la suposición de que su maldad es mayor que la del hombre).
En el caso concreto de las vírgenes dedicadas al Sol, El Inca Garcilaso reproduce básicamente el modelo europeo de mujer religiosa en clausura tanto en el aspecto práctico, en cuanto a la realización de tareas dentro de las casas de recogimiento y a la organización jerárquica de las mismas (“[...] unas hacían oficio de abadesas, otras de maestras de novicias para enseñarlas [...]. Otras eran porteras, otras provisoras de la casa, para pedir lo que había menester [...]”(Garcilaso de la Vega, 235), como en el espiritual ( “[practicaban] el culto divino de su idolatría” (Garcilaso de la Vega, 235). La renuncia a la sexualidad no parece explicarse sino únicamente por la distinción  que debían tener las mujeres de un dios del resto de las mujeres debiendo permanecer consagradas y fieles a él, del mismo modo que ocurría con el hecho de que se mantuvieran en clausura “porque decían que las mujeres del Sol no habían de ser tan comunes que las viese nadie” (Garcilaso de la Vega, 235). Hasta tal punto llegaba la cuestión que ni el propio Inca tenía permitido el trato con ellas, por supuesto en señal de respeto a la diferencia de rango que lo situaba por debajo del Sol. Además de la virginidad y la clausura que las convertían en mujeres puras al servicio de un varón invisible, poseían una tercera cualidad imprescindible: la consanguinidad con el dios[9] o lo que es lo mismo, habían de ser hijas de los incas para que prevaleciera la limpieza de sangre “porque de las mezcladas con sangre ajena, que llamamos bastardas, no podían entrar en la casa del Cuzco” (Garcilaso de la Vega, 234). De este modo quedaban convertidas en mujeres sagradas e intocables y resultaban muy duras las penas para quienes osaran violar su integridad física pues “mandaba la ley matar con el delincuente su mujer e hijos y criados, y también sus parientes y todos sus vecinos y moradores de su pueblo y todos sus ganados” (Garcilaso de la Vega, 239). No menos severo era el castigo para la servidora del Sol que se dejase arrastrar por la lujuria pues “había ley que la enterrasen viva” (Garcilaso de la Vega, 238), perdiendo definitivamente todos sus privilegios y su santidad de un solo golpe. El adulterio es castigado con dureza por todas las doctrinas religiosas, pero también la moralidad social lo rechaza sobre todo cuando la persona que comete la falta es una mujer. En opinión de Eva Figes:
El motivo de la dominación de la mujer por el hombre va íntimamente ligado a la idea de paternidad. Una vez que el hombre sabe que existe un vínculo físico entre él y el niño que su mujer lleva en el seno, y que el hijo se convertirá, a condición que ningún otro hombre haya tenido acceso a su mujer para poder fecundarla, en algo definitivamente suyo, una prolongación de sí mismo, toda clase de cosas resultarán posibles. Irrumpe la idea de la continuidad personal, a condición solamente de que pueda controlar a su mujer, el hombre se hace, en cierto sentido, inmortal. El poder y la propiedad pueden ser transmitidos a los hijos y ser de este modo conservados desde la tumba. Quitando importancia al papel decisivo que la mujer representa en la procreación, y considerándola como simple recipiente donde él planta su semilla, el hombre explota un sentido nuevo del poder, una nueva forma de dominio sobre su entorno. [...] Pero todas estas motivaciones determinantes de una forma de vivir dependen a su vez de un requisito: la seguridad de que el hijo que está en el seno de la mujer, es realmente propio, y de que uno mismo es el padre. Y puesto que ningún hombre puede controlar a todos los demás hombres, el control recaerá en primera instancia sobre la mujer, mental o físicamente. Controles mentales en forma de tabúes, que ofrecen la ventaja de ser también hasta cierto punto un control de los demás hombres. Controles físicos, en forma de harenes, purdahs, cinturones de castidad, castigo del adulterio con la muerte y, podríamos añadir, todas las modalidades de sanción económica que durante tanto tiempo han florecido en nuestra propia sociedad, donde la mujer adúltera no era reo de lapidación, sino simplemente echada del hogar para morir de hambre, sin ninguna posibilidad de defensa legal.(39-40)
La mujer sagrada que atenta contra su propia virginidad es, por tanto, tratada como adúltera, pues no podemos olvidar que es esposa del dios y a él se debe, está bajo su protección y amparo, por tanto, a todos los efectos, es considerada una delincuente de alto grado que merece la pena de muerte de una manera cruel, en caso de que traicione su confianza y el supuesto beneplácito del que goza a su merced. Este hecho forma parte de todo ese entramado de tabúes creados por el hombre en beneficio propio, que de muchos modos le ocasionan a ella esa conciencia de culpa y desobediencia a las normas impuestas por el marido, la cual contribuye a mantenerla bajo su dominio. Esto tiene relación con la necesidad masculina de perpetuar su poder en todos los ámbitos: no sólo el familiar sino también el político y el económico en un sentido más amplio. Mary Douglas  defiende la hipótesis de que en ciertas sociedades más primitivas en las que se permite al varón que reprima a su mujer mediante la fuerza física como práctica totalmente lícita, se da menos el uso de tabúes sexuales como ocurre entre los walbiri de Australia Central:
Las mujeres casadas viven por lo general alejadas de su padre y hermanos. Esto supone que aunque teóricamente tienen derecho a su protección, en la práctica este derecho es nulo. Están bajo el control del marido. Por regla general, si el sexo femenino está completamente sometido al varón, el principio de la dominación del hombre no plantea ningún problema; puede exigirse brutal y directamente siempre que el caso lo requiera. Tal parece ser lo que ocurre con los walbiri. A la menor queja o negligencia en sus obligaciones, las mujeres walbiri son golpeadas o lanceadas. La muerte de la esposa por el marido no puede dar lugar a revancha sangrienta alguna, y nadie tiene derecho a intervenir en las cuestiones entre marido y mujer.[...] Y al margen del empeño que pongan en seducir los unos a las mujeres de los otros, todos los hombres están en total acuerdo en un punto. Está convenido que nunca permitirán que sus impulsos sexuales promuevan el acceso de ninguna mujer al poder o al terreno de la intriga.
Estas gentes no tienen creencias relativas a la contaminación sexual. Ni siquiera se rehuye la sangre menstrual, y no temen peligro alguno originado por su contacto [...]
Cuando un hombre entra en el coto sexual de otro, sabe lo que arriesga; una pelea y acaso la muerte. El sistema es perfectamente simple. Se plantean conflictos entre hombres, pero no entre principios. (Douglas, 141-142)
Pero el problema esencial consiste en que la mujer no tiene opción a rebelarse. Incluso aunque considere injusta la situación que padece, hecho que no siempre sucede porque educacionalmente está condicionada a aceptar la desigualdad como algo razonable, es decir, dentro de la normalidad. El sistema patriarcal está tan sólidamente constituido que no permite intrusiones, en unos casos mediante la fuerza, como hemos visto en el texto que precede a estas líneas, en otros mediante argumentos morales que acaban reconduciendo cualquier intento de salida y constituyendo el conjunto de valores en los que creer y confiar, que a la larga resultan más perjudiciales. Un siglo y medio después de la publicación de los Comentarios, Rousseau, el ideólogo más importante del siglo XVIII escribe:
 Las mujeres se equivocan al quejarse de la desigualdad de las leyes promulgadas por el hombre; dicha desigualdad no es obra del hombre, o cuando menos no se debe a meros prejuicios, sino a la razón. La mujer, a quien la naturaleza ha confiado el cuidado de la prole, debe responder de ésta ante el padre. No cabe duda que toda infidelidad es un agravio, y que todo esposo infiel, que priva a su mujer de la única recompensa a los duros deberes de su sexo, es cruel e injusto; pero es peor la infidelidad de la mujer; porque destruye la familia y rompe los vínculos de la naturaleza; y cuando da a su marido hijos que no son de éste, le está engañando tanto a él como a ellos, y su crimen no es la infidelidad, sino la traición. A mi entender esta es la fuente de toda clase de disensiones y de crímenes. ¿Habrá situación más cruel que la del infeliz padre que, cada vez que abraza a su hijo, es asaltado por la sospecha de que el niño sea de otro, prueba de su propia deshonra, y ladrón de la herencia de sus verdaderos hijos?(463)
Lo cierto es que las leyes (creadas por el varón) de las que habla Rousseau sí ciertamente excluyen a la mujer o la perjudican en cuanto a su integridad, su dignidad o incluso su economía pues no podían ser poseedoras absolutas de nada. Incluso cuando enviudaban, la fortuna pasaba a manos del hijo primogénito o en su defecto del padre de la viuda o el hermano que actuaban como depositarios y administradores de la herencia (no olvidemos que hasta bien entrado el siglo XX, la mujer, con frecuencia no era sujeto de crédito por las entidades bancarias aunque éstas trabajasen y tuviesen un salario, de ahí que no pudieran adquirir nada de valor por sí mismas, necesitando siempre el consentimiento y la firma del marido). Esta desigualdad legal entre hombre y mujer también se pone de manifiesto en los Comentarios en un capítulo que relata el reparto de las tierras:
Daban a cada indio un tupu, que es una hanega de tierra, para sembrar maíz; [...] Era bastante un tupu de tierra para el sustento de un plebeyo y casado y sin hijos. Luego que los tenían le daban para cada hijo varón otro tupu, y para las hijas a medio. Cuando el hijo varón se casaba le daba el padre la hanega de tierra que para su alimento había recibido, porque echándolo de su casa no podía quedarse con ella.
Las hijas no sacaban sus partes cuando se casaban, porque no se las habían dado por dote, sino por alimentos, que habiendo de dar tierras a sus maridos no las podían ellas llevar, porque no hacían cuentas de las mujeres después de casadas sino mientras que no tenían quien las sustentase, como era antes de casadas y después de viudas. (Garcilaso de la Vega, 291-292)
Resulta fácil interpretar que la mujer, por ser tenida en inferior categoría, no sólo merecía menos parte en la división del territorio sino que, lo más importante era su absoluta dependencia, primero del padre, al que servía y estaba sometida del mismo modo que lo estaba su madre, y después del marido que también la adquiría como una propiedad más junto con la dote. Por sí misma no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir, salvo que se convirtiera en una mujer pública o en una mendiga, o, lo que es lo mismo, en una proscrita, aspecto éste que merece la pena analizar con más detalle.
Las mujeres marginales, si es que las podemos llamar así en oposición a las demás (que, por supuesto, a estas alturas no podemos negar que también lo son)han sido una constante que se repite en toda la producción ideológica, literaria e histórica, de los siglos precedentes, dado que conforma todo ese universo tabú y estigmatizado de perversión (femenina, se entiende) del que el hombre huye temeroso.[10]
En este orden de cosas, y dicho de otro modo, se sobreentiende en la mujer una mayor maldad en sus actuaciones que en las realizadas por el hombre aunque estas sean del mismo tipo y especie (como por ejemplo el adulterio del que ya hemos hablado). A este grupo de mujeres pertenecían las prostitutas, las limosneras, las hechiceras y las delincuentes básicamente.
La prostitución es el pecado por excelencia de la mujer antisocial (aunque realmente la actividad requiera una gran socialización), y la convierte en persona non grata a los ojos, no únicamente de los hombres que son los destinatarios directos de sus servicios, sino también de las otras mujeres que se consideran superiores a ellas en dignidad y honor. Esto se traduce en un rechazo social absoluto que las reduce a seres aislados (hasta nuestros días en muchas sociedades) incluso físicamente, del resto de los ciudadanos:
Resta decir de las mujeres públicas, las cuales permitieron los incas por evitar mayores daños. Vivían en los campos, en unas malas chozas, cada una de por sí y no juntas. No podían entrar en los pueblos porque no comunicasen con las otras mujeres. Llámanlas  pampairuna […] [que] quiere decir persona o mujer de plaza, dando a entender que, como la plaza es pública y está dispuesta para recibir a cuantos quieren ir a ella, así lo están ellas y son públicas para todo el mundo. En suma quiere decir mujer pública.
Los hombres las trataban con grandísimo menosprecio. Las mujeres no hablaban con ellas, so pena de haber el mismo nombre y ser trasquiladas en público y dadas por infames y ser repudiadas de los maridos si eran casadas. No las llamaban por su nombre propio, sino pampairuna, que es ramera.(Garcilaso de la Vega, 258)
La justificación de la existencia de estas mujeres tiene como fundamento “evitar mayores daños”. La pregunta sería quién resultaba menos dañado por la presencia de las prostitutas. Ellas no, desde luego. Por tanto, hemos de pensar que se buscaba la protección del hombre, que tal vez por alguna razón de enfermedad o carencia de esposa (entre otras posibles) buscaba los servicios de estas mujeres, con el fin de no verse inclinado al abuso de alguna virgen de las elegidas. Claro está que no era  porque importase tanto el hecho de la violación en sí, sino porque eso podía suponer la pérdida no sólo de un hombre sino de todo un pueblo, tal y como estaban planteadas las leyes.
Pero las prostitutas no habían nacido siéndolo, como es lógico, sino que, en la mayoría de los casos, antes habían formado parte de un clan familiar más o menos estructurado. Cabe entonces cuestionarse cuáles eran las razones más habituales que llevaban a una mujer a la prostitución[11] y para responder a esta duda recurriremos a la opinión de Margaret Wade Labarge, historiadora canadiense especializada en el estudio de la mujer de la Edad Media:
Las razones más corrientes de que las mujeres se hicieran prostitutas eran la pobreza y la violencia masculina. La viuda pobre con hijos pequeños, la sirvienta o la criada utilizadas como concubinas por su amo y luego abandonadas, la extranjera incapaz de conseguir un trabajo legítimo: todas esas mujeres carecían de dinero y oportunidades. La prostitución era casi la única vía que les quedaba para ganarse la vida y era con mucho la más fácil y la más beneficiosa, si una mujer era joven y atractiva. La violación era frecuente, en especial la de mujeres pobres y desprotegidas que no tenían fuerza ni influencia.[...] Sus víctimas, en una sociedad que daba una importancia extraordinaria a la castidad de las mujeres, se veían rechazadas en general [...]. (255)
Por otro lado, por el texto del Inca podemos reconocer también que el desprecio a la mujer prostituta era tanto que, además de no permitírsele el trato con el resto de las mujeres, se les negaba el nombre propio, llamándolas rameras a todas, sin distinción. Significaba esto la máxima pérdida de identidad que además se acompañaba de otros castigos físicos: el rapado del pelo como rasgo femenino más preciado y el repudio en público, quedando humilladas al máximo. Todo lo referido a ellas en el texto parece una réplica exacta de lo que ocurría en las ciudades europeas con estas mujeres, tal vez porque realmente pretendía ofrecer una visión civilizada del comportamiento de rechazo de sus ancestros ante semejante realidad, o porque realmente las prostitutas a las que se refiere eran resultado directo de la conquista española. No hay modo de saberlo porque no aparecen datos en otras crónicas de la época sobre la existencia de la prostitución en el Perú precolombino.
  Otra salida que solían tomar las mujeres desposeídas de todo sustento, sobre todo cuando eran demasiado viejas para dispensar servicios sexuales, era la mendicidad que, aunque mal vista, no lo era tanto como la prostitución. En el texto de El Inca las referencias a este tema son pocas, pues en su planteamiento de un Estado ideal excluye aquellas cuestiones que pueden oscurecer esta intención:
La costumbre de no pedir nadie limosna todavía se guardaba en mis tiempos, que hasta el año de mil y quinientos y sesenta, que salí del Perú, por todo lo que por él anduve no vi indio ni india que la pidiese [...]. (Garcilaso de la Vega, 307)
De hecho sólo plantea un caso de mendicidad que, como no, está protagonizado por una mujer, no tan necesitada, a su juicio, cuyo proceder compara con el de las mujeres de etnia gitana. Continúa diciendo:
[...] sola una vieja conocí en el Cuzco, que se decía Isabel, que la pedía, y más era por andarse chocarreando de casa en casa, como las gitanas, que no por necesidad que hubiese. Los indios e indias se lo reñían, y riñéndole escupían en el suelo, que es señal de vituperio y abominación; y por ende no pedía la vieja a los indios sino a los españoles; y como entonces aún no había en mi tierra moneda labrada, le daban maíz en limosna, que era lo que ella pedía, y si sentía que se lo daban de buena gana, pedía un poco de carne; y si se la daban, pedía un poco del brebaje que beben, y luego, con sus chocarrerías, haciéndose truhana, pedía un poco de coca, que es la yerba preciada que los indios  traen en al boca, y de esta manera andaba en su vida holgazana y viciosa.(Garcilaso de la Vega, 307-308)
Por los datos relativos al nombre de la mujer (Isabel) y el uso de artimañas propias de los pícaros tan frecuentes en la literatura española que nos ofrece el texto, podemos deducir que nos está retratando a una mendiga venida del viejo continente, con el consiguiente mensaje subyacente de que determinados estereotipos indeseables llegaron a Perú de importación para enturbiar con sus malas artes a un pueblo que vivía en el mejor de los estados. Recuerda esta anciana al personaje de Celestina que ya citamos con anterioridad como referencia. Es interesante cómo pone de manifiesto el rechazo que los indios muestran ante ella escupiendo en el suelo, gesto éste nada menos que de vituperio y abominación, como si se tratara del mismo diablo. Con ello vuelve a incidir en la calidad moral del peruano frente al español al que no parece importarle su compañía.
Las otras dos tipologías de mujeres, las hechiceras o brujas y las delincuentes, no están contempladas en los Comentarios. Varias pueden ser las razones: inexistencia (la más improbable de todas), la negativa reiterada a presentar la realidad tal y como es, motivado por la idea de consecución de sus objetivos, o tal vez, a sabiendas de  las actuaciones de la Inquisición cree El Inca que es mejor no entrar en ciertos temas. Sea de un modo o de otro, lo cierto es que la alusión más cercana a un comportamiento ilegal, por decirlo de algún modo, es la referencia que hace a los antiguos pobladores de Perú, antes de la llegada de los incas donde nos cuenta con horror el modo en que hacían sacrificios humanos. Incluye un comentario sobre la mujer:
Las mujeres (más crueles que los varones) untan los pezones de sus pechos con la sangre del desdichado para que sus hijuelos la mamen y beban en la leche. Todo esto hacen en lugar de sacrificio con gran regocijo y alegría, hasta que el hombre acaba de morir.(Garcilaso de la Vega, 41)
Tras el análisis de todos las razones y puntos de vista que hemos ido barajando resulta probado el hecho de que los Comentarios son una muestra más de lo que podemos encontrar en otros textos contemporáneos  y de otras épocas, así como de otras culturas en lo que en materia de mujer se refiere. Si tuviéramos que hacer un balance en positivo de los diversos argumentos sobre las actitudes patriarcales que tanto han determinado su transcurrir en el mundo sería difícil encontrar algún punto de consenso, pues estamos hablando de un período histórico en el que el equilibrio en igualdad y derechos entre varón y mujer es completamente inexistente. No obstante hay que reconocer un mérito importante en este texto que es la existencia de varios capítulos que narran el modo de vida femenino en cuanto a costumbres y organización familiar y social, hecho que no tiene parangón en la similar y amplia producción cronística, y que puede deberse al vasto conocimiento de su autor acerca de este mundo mujeril (como él mismo dice) por haber sido educado por su madre, de noble estirpe, hasta los doce años de edad. También debemos elogiar una cierta disciplina en El Inca Garcilaso a la hora de tratar ciertos temas, como los relacionados con la vida cotidiana general en el antiguo Perú que muestran una panorámica más o menos pormenorizada (dentro de lo que quiere y no quiere contar) que nos acerca también a un modo de pensamiento concreto: el del mestizo de estirpe noble. Por supuesto reconocer esto es crucial a la hora de entender lo que supuso para la realeza inca bien establecida, la llegada de los españoles al Nuevo Mundo.
Bibliografía
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WADE LABARGE, Margaret (1986), La mujer en la Edad Media. Madrid, Nerea.

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[1] A este respecto ver López-Baralt (2003), quien señala las razones de la polémica entre el Inca Garcilaso y López de Gómara.
[2] “Bernardo de Claraval [un monje cisterciense francés que representa la personalidad más notable del s.XI] estaba muy impresionado por la casi monástica piedad de su madre y dio mucha importancia al hecho de que no dejara que otra persona amamantara a sus hijos, de modo que ellos pudieron mamar la bondad de su madre junto con su leche. Esta práctica no era general en las clases altas, pero unas pocas madres tenían sus ideas propias sobre los efectos de amamantar al propio hijo” (Wade Labarge, 106-107).
[3] “Destetábanlos de dos años arriba y les trasquilaban el primer cabello con que habían nacido [...]” (Garcilaso de la Vega, 251).
[4] En el texto anónimo titulado Relación de las costumbres antiguas de los naturales del Pirú aporta la siguiente versión sobre las muchachas que no se quedaban en clausura de por vida en la casa de escogidas: “También ponían en este monasterio muchas personas principales sus hijas niñas para que deprendiesen a hilar, tejer, coser, guisar, hacer vinos, gobernar la casa, y otras cosas necesarias; y estaban entre las novicias, aunque no hubiesen de ser acllas. Llegadas a la edad de diez y ocho años o que estuviesen para casar, las sacaban sus padres con licencia de la superiora, que era distinta de las otras, viuda y anciana, como maestra de niñas y si alguna destas quería ser aclla y quedarse en el templo, era recibida, y lo que allí había hecho le servía de noviciado”. (AAVV, 88).
[5] El mismo autor  de Relación de las costumbres antiguas...recoge el dato de la edad de las vírgenes del Sol en su selección para formar parte del séquito de adoradoras del dios supremo: “[...] y examinaban primero la edad, que por lo menos había de ser pasados los años de la pubertad, y así, habían de ser de doce años para arriba”.(AAVV, 87).
[6] La esterilidad ha sido otra de las causas más importantes de rechazo y abandono de la mujer bajo la premisa de que una hembra que no sirve para el único papel de importancia que posee en el orden de la creación (la perpetuación de la especie), deja de tener utilidad para el varón, por tanto merece ser repudiada no sólo por el marido sino por el resto de la sociedad a la que ya no puede aportar nada de valor. Por otro lado es tanto el valor que se otorga a la descendencia que en algunos casos la propia esposa estéril insta al marido a que tenga un hijo con otra mujer: “Sara, la mujer de Abraham, no le había dado hijos, pero ella tenía una esclava egipcia de nombre Agar. Sara dijo a Abraham: “Mira Yavé me ha hecho estéril, ve pues a mi esclava. Quizá yo pueda tener hijos por ella”. Escuchó Abraham a Sara. Ésta, pues, tras de habitar Abraham diez años en la tierra de Canán, tomó a Agar, su esclava egipcia, y se la dio por mujer a Abraham, su marido”. (Gén. 16, 1-3)
[7] A este principio general tenemos que hacer objeciones, pues existen testimonios acerca de otras culturas en las que la virginidad no sólo está mal vista sino que impide a las mujeres ser aceptadas como esposas: “Os contaré cómo casan a las mujeres [en el Tíbet]  . Ningún hombre tomaría por esposa a una virgen; dicen que no valen nada si no han conocido a otros hombres antes de casarse. Y por esta razón se aplican las mujeres a perder pronto su virginidad. Cuando pasan extranjeros por esta región y despliegan sus tiendas de campaña para descansar y hacer un alto en el camino, las viejas de los castillos y poblados bajan y traen a sus hijas hasta el campamento y las entregan a los forasteros para que con ellas se acuesten, y ellos las retienen y usan de ellas, pero no pueden llevárselas [...] ( Polo, 1977:110). A este testimonio podemos unir este otro del mismo autor pero referido a otro lugar y otra cultura, en el cual se relata algo similar:
“[En la provincia de Camul] Son hospitalarios, y si un extranjero viene a hospedarse en su casa, están
encantados, ordenando a sus mujeres que hagan la voluntad del huésped. Ellos se van de la casa a ocuparse de sus asuntos, no regresando en dos o tres días. El forastero queda solo en casa de la mujer y hace lo que le parece; se acuesta con ella como si fuera su mujer propia, y ellos lo toman esto a mucha honra. [...] Las mujeres suelen ser hermosas y muy alegres. (Polo, 58).
[8]En el siglo XVI, Celestina ya practicaba una cirugía vaginal que remediaba los deslices de las damas y permitía a la mujer aparentar ante el hombre que sólo él la había poseído:
“PÁRMENO. [ .. ] Ella tenía seis oficios, conviene a saber: lavandera, perfumera, maestra de hacer afeites y de hacer virgos, alcahueta y un poquito hechicera. [ .. ] Hacía lejías para enrubiar [ .. ] Los aceites que sacaba para el rostro no es cosa de creer [ .. ] Esto de los virgos, unos hacía de vejiga y otros curaba de punto. [ .. ] Hacía con esto maravillas, que cuando vino aquí el embajador francés, tres veces vendió por virgen una criada que tenía. [ .. ]” (Rojas, 77-80).
[9] La consanguinidad tan repudiada en la tradición judeocristiana a partir del Levítico (“Ninguno de vosotros se acercará a una consanguínea para descubrir su desnudez [...] Lev. 18, 6) por razones obvias de incompatibilidad genética que da como resultado ciertas alteraciones en las nuevas generaciones, en el Perú prehispánico se considera como precepto básico a la hora de emparentarse entre ellos, sobre todo los de origen real y noble, alegando la pureza de la estirpe que de otro modo quedaría mancillada por el parentesco bastardo. Este principio se aplica también entre la plebe: “No les era lícito casarse los de una provincia en otra, ni los de un pueblo en otro, sino todos en sus pueblos y dentro de su parentela (como las tribus de Israel) por no confundir los linajes y naciones mezclándose unos con otros” (Garcilaso de la Vega, 246-247). Es evidente que la recurrencia a las tribus de Israel es el modo que tiene el autor de defender o dignificar una práctica que en Europa estaba completamente prohibida y estigmatizada como es el casamiento entre consanguíneos.
[10] En la obra de Jean Delumeau dedicada al estudio de los miedos en la civilización occidental, uno de los capítulos está dedicado precisamente al temor del hombre hacia la mujer que lo cifra en distintos aspectos: entre ellos la consideración en que se le tiene como madre del pecado original, se entiende, y engatusadora hábil del hombre, así como hechicera, idólatra e impura, entre otras muchas cosas.
[11] En la literatura de todos los tiempos encontramos numerosas referencias a mujeres al quedar desamparadas del hombre (ya sea el padre o el marido o el señor para el que sirven) se dedican a ejercer de prostitutas. Un ejemplo bastante conocido es el de la madre del Lazarillo de Tormes: “Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse a los buenos, por ser uno dellos, y vínose a vivir a la ciudad [...] de manera que fue frecuentando las caballerizas.” (Lazarillo...,  15).



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