Conversa conmigo
(2-4-2018)
¿Hemos interpelado a la poesía
alguna vez para preguntarle con algo de deferencia y mucho de cortesía hacia
qué lado mira? ¿Hemos desnudado su silencio? ¿Cómo saber entonces a qué dios
rinde culto o si es meramente incrédula?
La poesía tiene muchos rostros,
algunos más amables y otros más groseros, como deviene de un quehacer artístico
que se sirve de la palabra, la misma palabra con la que defendemos ideas,
saludamos a la vecina o escribimos consignas en un muro. Es la misma palabra
con la que compartimos conocimiento en las aulas, hacemos una transacción en el
mercado o instamos a los hijos a ordenar su habitación (la literatura es la
única forma de expresión artística que no necesita un lenguaje
específico). Pero no nos engañemos,
aunque la poesía tenga mucho de cotidianidad, también tiene mucho de distancia
con la vida porque es un discurso premeditado, ficcional y elitista. No hay que
perder de vista que la poesía no es la vida misma sino una recreación de ella y
desde luego, no es lo que parece (la expresión de la verdad interior de un
sujeto a la manera más burguesa posible) aunque pretenda serlo. La poesía no es
exactamente el ser humano que la escribe, aun cuando éste se haga responsable
de sus palabras; es literatura y, como tal, un producto que, una vez concluido
y publicado, pasa a formar parte de un acervo de textos refrendados por el
sistema, avalados institucionalmente desde el momento y hora en que llevan un
sello editorial, aun cuando éste corresponda a una de esas pequeñas editoriales
independientes (no digamos si además fue premiado en algún certamen). Podríamos
comparar este hecho con el cine “indie” o de arte, pretendidamente creado para
hacer reflexionar de manera crítica al conjunto de la sociedad, el cual acaba
proyectado en la retina de unos pocos espectadores, convirtiéndose así en una
producción más elitista, si cabe, y como prueba sirva el tamaño de las salas en
las que se exhibe, pensadas para una minoría. Lo mismo sucede con la poesía, a
la mayoría de la gente no le gusta y, por tanto no la compra, no la lee, no la
entiende ni le interesa lo más mínimo hacer el esfuerzo y, menos aún, la
escribe. Y aunque los que sí la leemos o incluso la escribimos (entre otras
cosas porque hemos tenido el privilegio de recibir una formación familiar y/o
académica que nos permite comprenderla y apreciarla en la medida de sus muchas
y variadas posibilidades significativas) queramos creer que tenemos en nuestras
manos el discurso que desentrañará la verdad del mundo, y que los cuatro gatos
que estamos presentes en las actividades que en torno a ella se organizan somos
la representación ocasional de la sociedad misma, en realidad hay que seguir dando
la razón al maestro, Juan Ramón Jiménez, al dedicar su obra “a la inmensa
minoría”.
Así que no se dejen engañar por
las preguntas que lancé al inicio de esta pequeña disertación. A la poesía no
hay que preguntarle nada porque nada responde. Si acaso permitámonos como
lectores u oyentes ejercitar nuestra capacidad de sorprendernos con esa
recreación de la vida que propone el poema, resignifiquemos el texto para
hacerlo valer en nuestro contexto, y luego decidamos si algo de lo que se dice
ahí tiene algún valor para la propia vida. Tampoco a quien lo escribió,
finalmente importa poco lo que quiso decir o se quiso decir, lo que más bien
importa es lo que dijo, el texto mismo que dará lugar a una multiplicidad de
posibilidades interpretativas. No pretendamos conocer al poeta a través del
poema, el texto es una cosa (sí, un objeto) y la persona que lo escribe no es
otra cosa, para empezar, sino un ser humano con una experiencia del mundo mucho
más compleja, no ya que lo expresado en unos cuantos versos, sino que la
totalidad de su obra poética, aun cuando es sabido que tod@s dejamos algo de
nosostr@s en aquello que hacemos, más todavía cuando es algo que nos apasiona.
No obstante, confundir la voz poética con el poeta no hace más que complicar la
lectura y llevarnos por vericuetos erróneos. Cómo explicaríamos entonces la
multiplicidad de heterónimos de Fernando Pessoa, no eran cinco o seis
escritores, sino cinco o seis, sino es que más, voces.
Yo, personalmente, me aplico el
cuento. Una cosa es lo que escribo y otra es quién soy, aun cuando lo que
escribo forme parte de lo que soy, aun cuando pueda estar pensando en alguien
en particular cuando escribo. Un bosque es mucho más que un solo árbol… Así que
si alguien quiere saber algo sobre mí, que no me juzgue por mis letras, pues no
va a encontrar la respuesta, mejor que se tome la molestia de preguntarme, de
interpelarme a mí… no a la poesía que escribo.
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