Doliendo
(19-11-2016)
¿Acaso nunca nos han
quebrado el pecho? ¿Nunca hemos sentido un puñal ardiendo en la boca del
estómago por el mal decir de unas palabras mortales? ¿Nunca dolió un desdén,
una infamia, una mentira, un abuso, un desprecio…?
No obstante y a
sabiendas herimos, deliberada e impunemente herimos, sin la menor sombra de
duda herimos, herimos con convicción y alevosía, herimos premeditada y
discriminadamente, porque elegimos a conciencia y así herimos más a quienes
creemos amar, pero no amamos (porque amar no puede ser herir) y a quienes son
objeto de deseo, de encono, de rencor o de “justificada” envidia.
Hemos sofisticado el
dolor al ritmo de los tiempos, ahora dolemos ignorando en whatsapp, manipulando
en twitter, bloqueando en face, o enviando a la friendzone con toda cortesía, pero sin abandonar las viejas formas de ridiculizar, humillar, ofender y
señalar con el imperativo dedo índice.
Lo más inverosímil de
toda esta ignominia es el soberano enojo que nos lleva con los mismos demonios
al pensarnos ofendidos porque alguien, alguna vez, profundamente dañado por el
dolor que le hicimos sentir nos hiere con desamor o indiferencia.
¡Qué extraordinaria
paradoja es el ser humano! ¿No les parece?
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