El hombre que nunca existió
(18-11-2018)
¿Dónde fue, dónde
se escondió el Sabio?...
Quizás no ha llegado el tiempo aún en que su retorno
deba manifestarse al mundo;
o quizás,transformado, entre nosotros
ande sin ser reconocido.
Quizás no ha llegado el tiempo aún en que su retorno
deba manifestarse al mundo;
o quizás,transformado, entre nosotros
ande sin ser reconocido.
Konstantino Kavafis
Tenía piel de alabastro, pálidamente
herida quién sabe por qué guerra. Con sus manos inquietas organizaba el mundo.
Las cosas en la mesa buscaban la manera de quedarse en el lugar exacto, donde
los ojos pudieran encontrarlas sin esfuerzo y, con la certidumbre de un destino
inequívoco, ocupaban ese sitio preciso y no otro azar cualquiera. Parecía,
entonces, que las hojas escritas, el libro, la botella del agua y el teléfono
móvil, amén de algún bolígrafo y un plumier desgastado, hubieran encontrado su
lugar en la vida, colocados por aquellas manos cirujanas del orden y el
espacio.
Tenía también palabras, ¡muchas!,
prendidas de unos labios probablemente faltos de costumbre de regalar sonrisas,
a menos que una causa mayor lo requiriera. Era un hombre recíprocamente
entristecido con todo lo que de triste hay en la Tierra, como si la razón de
existir no se le hubiera revelado nunca o, más bien, como si se le hubiera
revelado más de lo que un corazón sensato pudiera transportar sobre los
hombros.
Sabía todo lo que había aprendido,
sin olvidar ni desechar lenguaje alguno, y todo ahí habitaba en su marmórea
cabeza aristotélica, materialista y recia para las convicciones, al tiempo que
perdida en cualquier pequeña partícula de ingenio que flotara en el aire. Lucía
ojos esquivos, tímidamente humanos, que nacían cada vez por vez primera en el
amor de una mirada ajena, y es que había un deseo implícito en su glotis que no
afloraba desde días remotos. Era, en el fondo, un animal de fondo muy
silvestre.
Sólo lo vi una vez, aunque quizá era
la segunda vez que lo veía... Ni siquiera creo que me recuerde (no pretendía yo
ser más que anónima sombra entre aquellas voces extremadamente conocidas), o
quizá no existió y lo hice a semejanza de mi terca e imprecisa memoria, capaz
de inventar rostros donde no hubo nunca más que tiempo.
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