“En busca de un sueño” (Silvio Rodríguez)


 27-6-2016




Dicen que soñar es gratuito y por eso es una acción que todos nos damos a la tarea de cumplir con fe y devoción como si nos fuera la vida en ello…o mejor…apostándola a la posibilidad de que la ensoñación deje de serlo y se realice. Tal deseo viene a demostrar que en realidad el sueño no importa nada en sí mismo, pues su valor se minimiza o desaparece, de hecho, cuando no se cumple, cuando no alcanza una correspondencia en la cotidiana existencia. Es más, la imposibilidad de concreción del sueño genera una suerte de frustración difícil de mitigar a corto y mediano plazo y, a veces, a largo.
Así las cosas, no obstante, hay toda una política fácilmente vendible hoy en día que nos presenta el sueño como la panacea vital, como un imperativo que debe ser practicado a toda costa por todo aquél que se considere “persona humana” (me encanta, dicho sea de paso, este ridículo pleonasmo que en ocasiones encuentro escrito por aquí y por allá… como si hubiera personas no humanas…). Pero, en la práctica, la sobrevaloración del sueño no es una moda posmoderna, sino un vestigio de la postrera modernidad romántica que intentaba recuperar la imaginación (y el sueño, un subproducto alterado proveniente de ella) como una alternativa frente a la razón que había estado tan de moda en el siglo XVIII. Aunque imaginar y soñar no son exactamente la misma cosa, pues la imaginación es un acto de la realidad consciente y la ensoñación es un acto de la realidad no consciente, sin embargo, la imaginación también es una forma de soñar despierto y el sueño es una manera de imaginar dormido… ambas acciones, por tanto, implican algo de irracionalidad y, en consecuencia, de evasión de la crudeza vital a la que nos enfrentamos los seres humanos a lo largo de nuestra existencia.

Ahora bien, entre otras acciones divulgadas con ahínco, soñar se ha convertido en piedra angular del discurso hegemónico occidental, porque el sueño representa la aspiración previa al logro del éxito que tanto se promueve desde el sistema capitalista actual que no contempla el fracaso como posibilidad. Recordemos a este respecto con qué displicencia se ha hecho apología del famoso y nunca bien ponderado “sueño americano” que consiste, ni más ni menos, que en hacernos creer que toda persona, sea cual sea su condición social, edad, sexo o procedencia, si se lo propone, puede llegar a ser presidente de EEUU, por ejemplo. La historia de la humanidad, en cambio, nos demuestra otra verdad bien distinta, pues han tenido que transcurrir casi tres siglos para que un candidato de raza negra ostente ese cargo y, que, yo sepa, nunca una mujer lo ha ocupado, amén de que ninguno ha sido nunca un indigente, claro está, porque para ser presidente creo que hay que, al menos, saber leer y escribir, y esto ha implicado ya un cierto privilegio en relación con el estatus económico y las condiciones reales de vida en épocas recientes, y no digamos en las pasadas.  No quiero imaginar, nunca mejor dicho, los cientos de años que habrán de transcurrir para que el candidato a la presidencia sea de origen latino.  En una sociedad como la estadounidense y, por extensión, en el occidente enriquecido, uno de los más graves insultos que le puedes dirigir al otro se explicita bajo la fórmula por todos conocida de “eres un perdedor”, la cual hace alusión a su inoperancia para cumplir el mencionado sueño que el sistema precisa que realices para asegurarse su continuidad…no la tuya ni la del supuesto “perdedor” al que estás insultando.

Yo, particularmente, detesto seguir la pauta de que la vida deba medirse en términos de éxito y fracaso, sobre todo si pienso en la relatividad de ambos términos: lo que para unos puede representar una victoria para otros puede ser una flagrante derrota, algo que puede ser considerado exitoso en un una época histórica concreta, en otra es motivo de rechazo porque se considera un estrepitoso hecho malogrado, lo que en unas culturas se defiende como un valor a ponderar en el ser humano, en otras es una actitud de deleznable resultado… Además mi oposición más rotunda se mide en términos de libertad humana, los cuales me llevan a cuestionar los mecanismos sistémicos desde su base. Ser libre implica poder optar en todo momento por hacer las cosas como te plazca, siempre y cuando no vulneres la libertad de otro y nadie tiene derecho a juzgar tus resultados ni tu categoría humana a partir de ellos. No eres más exitoso por hacer las cosas como conviene al poder institucionalmente establecido, en todo caso lo eres o no si tú crees que el resultado que obtuviste te hace feliz (y si serlo es una prioridad para ti, claro está) aunque no se corresponda en absoluto con lo que otros esperan que hagas. 

Pues, nada, a soñar que es gratuito, por supuesto, si quieres…que no es obligación…no faltaba más…

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