Era él

(16-4-2016)


Imagen(*): Pitsch


Era él... sin duda... al mirarlo a los ojos supe que era ese bello ser que había irrumpido en mis sueños por años, habitándome el deseo. No se trataba de una coincidencia, sino de un encuentro inevitable ante la recurrencia de sus presencias nocturnas entre las sábanas de mi cama, en la febril superficie de mi agitada piel dormida, recorrida en toda su extensión por unos dedos suaves y delicados que, con inusitada destreza, la hacían temblar de placer. Era un éxtasis repetido, insaciable, que cada noche regresaba en un diluido rostro que parecía no querer ser descubierto, como una forma de excitante clandestinidad que mantenía viva la espera de una nueva madrugada, el anhelado reencuentro con el desconocido visitante de las atrevidas manos y los prodigiosos labios. Era él... sin duda... porque mi cuerpo lo reconoció en un estremecido sobresalto de humedades ya sentidas, aunque su mirada y su voz resultaran nuevas para mí. Al observarlo lo supe mío, más allá de cualquier forma de posesión posible, estaba ahí para ser conmigo, para que la profética ensoñación se cumpliera, para que pudiéramos, al fin, amanecernos de amor cada mañana.




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