Semanario de urgencias


(30-10-2018)


A través del voto no va a cambiar nada en este país.
Solo va a cambiar, desafortunadamente,
cuando nos partamos en una guerra civil.

Jair Bolsonaro


El epígrafe que reza sobre estas líneas, el cual reproduce una de las afirmaciones recientes del presidente brasileño electo desde el día de ayer, 28 de octubre de 2018, no hace más que confirmar la más que preocupante situación que vivimos actualmente, a nivel mundial, ante el avance de una, antigua ya, violencia política que sale a relucir con virulencia desatada, y cada vez con más recurrencia, allá donde cabe la posibilidad de que la tendencia vire "peligrosamente" hacia la izquierda o donde los intereses económicos en juego representen un pastel apetecible para las potencias mundiales que controlan los medios de producción y las finanzas, o ambas cosas, como es el caso de Brasil, considerado país emergente desde hace unas décadas
.
Aunque much@s estemos cariacontecid@s y nos preguntemos con estupefacción cómo un tipo que ha estado promoviendo en campaña electoral un discurso tan abiertamente xenófobo y racista (en un país donde más de la mitad de la población es de raza negra o mestiza), homófobo, misógino, corrupto y apologeta de la guerra civil, la muerte y la tortura, haya podido ganar unas elecciones, no hay que perder de vista, como la historia nos demuestra, que esto no es más que una estrategia de autorregulación del propio Sistema y de las élites que lo controlan, a fin de afianzarse en un momento político y económico difícil, en el que las luchas feministas y LGBTIQ están protagonizando grandes movilizaciones sociales; las comunidades indígenas están defendiendo con uñas y dientes la protección del territorio y los recursos naturales; el activismo ecologista está señalando con denodada claridad los peligros por los que atraviesa el planeta y todos los seres que lo habitan ante el desafío que supone el cambio climático y la cada vez más escasa extracción de energías fósiles que, al cabo, son las que han permitido hasta ahora que un Sistema como el capitalista prospere y produzca hasta límites insospechados; están sucediendo grandes oleadas de migración desde los países empobrecidos o que sufren el trágico acontecer de una guerra que dicho sea, pero no de paso, es parte del mismo juego sistémico de control sobre minorías o mayorías "molestas" para la consecución de objetivos de carácter económico que devienen en procesos de dominación política, entre otras muchas circunstancias del acontecer mundial.

Creo que es más acertado pensar que la victoria de Bolsonaro no es más que uno de tantos modos de impulsar las políticas neocoloniales que contribuyen a sostener la hegemonía de los países ricos frente a los que poseen una riqueza natural codiciada, razón por la que deben permanecer en estado de pobreza generalizada como es el caso que nos ocupa, donde los datos dicen que "Más del 40% de niños y adolescentes de hasta 14 años viven en situación domiciliaria de pobreza en Brasil, lo que representa 17,3 millones de jóvenes. Con respecto a aquellos en situación de extrema pobreza, el número llega a 5,8 millones de jóvenes, o un 13,5%" (24 de abril de 2018. Agencia Brasil, sobre una publicación de la Fundación Abrinq, “Escenario de la Infancia y de la Adolescencia en Brasil”).
Así las cosas, no es de extrañar, entonces, que un Bolsonaro cualquiera (igual podríamos decir Trump, Salvini o Le Pen), como una necesaria creación del Sistema para salvaguardar sus intereses, afirme no creer en el poder del voto ejercido por los ciudadanos a través de las urnas y, aun así, se presente a unas elecciones y las gane. No es contradictorio, en absoluto, aunque pueda parecerlo, más bien todo lo contrario, es un doble juego inevitable.  El poder ejercido por los dueños de los grandes capitales (que son quienes,en definitiva, rigen la política mundial) sobre los pueblos, las naciones y la ciudadanía, encuentra, de un lado, un obstáculo importante en las urnas, en tanto otorgan legitimidad a la decisión de una mayoría, cuya elección política no necesariamente va a coincidir con el interés de la minoría que este poder representa; de otro lado, la mencionada minoría dominante debe propiciar que la mayoría dominada se crea, en teoría, en igualdad de condición política (aunque en la práctica no suceda) a través del ejercicio de voto puesto que, en las sociedades que se dicen democráticas, tal ejercicio representa un derecho que es universal para ricos y pobres. Bolsonaro, en tal caso, no hace más que corresponder con un modelo político útil y representativo de un Sistema que oscila entre estas dos circunstancias. Sin que esta situación deje de preocuparnos, al menos no debe sorprendernos; pero lo que sí es, en extremo, súbito y grave y merece más atención es el hecho de que el Sistema, valiéndose del descontento generalizado de la población, que él mismo propicia (como pescadilla que se muerde la cola), esté haciendo tan bien su trabajo que, a la postre, logre crear ciudadanos tan orgánicos y alienados como para alzar hasta el poder de una nación tan empobrecida (que no pobre si pensamos en los mencionados recursos naturales y humanos con los que cuenta), y culturalmente rica y diversa, a ese Bolsonaro cualquiera, xenófobo y amigo de los que más tienen, capaz de desafiar toda forma razonable de hacer política.

El pueblo (sin que me guste este falaz término, lo usaré para entendernos) no es sabio... y no toma sabias decisiones como tantas veces se ha dicho... es vulnerable a la manipulación mediática y no escarmienta en cabeza ajena... aunque haya un Trump, un Salvini y una Le Pen, entre otros bichos políticos (con perdón de los bichos) que estén demostrando con creces que hay un modo nefasto y rastrero de hacer política..

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