Semanario de urgencias


(18-4-2019)


Reflexiones incendiarias


Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono, y los libros fueron abiertos;
y otro libro fue abierto, que es el libro de la vida,
y los muertos fueron juzgados por lo que estaba escrito en los libros, según sus obras.
(Apocalipsis 20: 12)


El reciente incendio en la catedral de Notre Dame de París, reliquia arquitectónica del primer gótico, y la pronta respuesta de la élite francesa, desvivida por entregar donaciones para su inmediata restauración (ayer ya se habían recogido 900 millones de euros, pero se preveía que la cifra se alzara hasta los 1100, si no es que más) me han puesto a pensar en nuestra compleja actualidad con una grave preocupación y, por qué no decirlo, con un cierto dolor de corazón. Pareciera este acontecimiento una suerte de alegoría de nuestra situación presente, con un planeta “ardiendo” por los cuatro costados por el efecto del cambio climático a causa de la "ceguera" malintencionada de esas mismas élites; las bombas sin dejar de caer y los fusiles de disparar sobre las inocentes víctimas de los 25 conflictos armados  que hay activos en nuestros días, entre los que incluyo aquéllos que, no siendo guerras declaradas, producen un número de muertes considerable, como es el caso del crimen organizado en México, que ha ocasionado alrededor de 200.000 víctimas mortales, quién sabe si más, desde 2004 a la fecha; el hambre extrema que padecieron 113 millones de personas en 2018; y, como no, las migraciones forzosas de millones de seres humanos. Sí, he dicho forzosas, aunque exista todavía quien defienda la lamentable y absurda idea de que abandonan sus países por gusto, porque tienen la deliberada intención de ir a fastidiarles la vida y arrebatarles el trabajo a los nativos del Occidente más occidental (la vieja Europa y la colosal Norteamérica) que van sobrados de todo, principalmente de soberbia, y a recibir beneficios de los gobiernos que “no reciben” los ciudadanos autóctonos que creen mermados sus derechos frente a los intrusos.
Así que no deja de sorprenderme, por más curada de espanto que pueda estar a estas alturas, la máxima manifestación del sinsentido humano que supone la ostentosa atención mediática y económica que ha recibido el incendio de la indiscutiblemente hermosa catedral, el llanto y el rechinar de dientes que ha merecido, acompañados del gimoteo generalizado y hasta el canto solemne y sentido de la población francesa, porque dicha edificación, muy bella, muy antigua e invaluable, de eso no me cabe duda, ha perdido una parte relativamente pequeña de su estructura, habiéndose salvado, por fortuna, las obras de arte y los elementos ornamentales más destacados sin haber tenido que lamentar más que un herido de gravedad, un bombero de los que arriesgaron su vida para preservar la del patrimonio, y varios cientos, si no es que miles, de abejas (con la falta que nos hacen) que habitaban unas cuantas colmenas que hacían compañía a las solitarias y desafiantes gárgolas que embellecen la fachada del monumento. Frente a semejante desgracia (y no lo digo con rastro de ironía alguno porque el comentario irónico viene a continuación) me queda el consuelo de que hemos logrado salvaguardar la corona de espinas, hecha de cañas y oro, seguramente idéntica a la que llevaba Jesús de Nazaret, esa víctima de víctimas que fue crucificada injustamente como tantas otras a lo largo de la historia, ese hombre (lo de hijo de Dios o no ya lo deciden ustedes según sus creencias) que fue considerado una amenaza por sus conciudadanos, instados por la élite religiosa de la época, los sumos sacerdotes del Sanedrín, que veían peligrar sus cotos de poder, ante un Mesías, entre los muchos que se autoproclamaban así en aquel tiempo, que parecía haber tenido más éxito que los demás. Es el mismo hecho de siempre, repetido una y otra vez hasta la saciedad: los ricos acorralando y ajusticiando a los pobres. Una disculpa, pero ya me salió la Semana Santa que llevo dentro y que para mí no tiene otra finalidad que conducirme a reflexionar sobre las injusticias que de forma recurrente han padecido y siguen padeciendo tantos seres humanos, y aún más, tantos seres vivos.
No deja de parecerme, el lamentable acontecimiento en Notre Dame de hace tres días, una especie de presagio de lo que está sucediendo ya: una más que posible sexta extinción de la especie humana y su obra, que no del resto de la Naturaleza, puesto que su capacidad de supervivencia nos extralimita con todos los creces que queramos imaginar. En realidad, Gaia no se muere, nos morimos, porque somos la especie que molesta, la que destruye y la que olvida fácilmente el orden de prioridades. Una catedral es SÓLO un edificio, un objeto, al cabo, reparable o no, pero objeto prescindible por muy único en el mundo que sea (cuántos como éste, y aun más bellos, se habrán perdido a lo largo de los siglos). Pero la quema y tala de árboles, la contaminación atmosférica y la de ríos y océanos, la desaparición masiva de especies animales y vegetales y de seres humanos, como los que todos los días se ahogan en el Mediterráneo o mueren de hambre en las regiones más empobrecidas del mundo o en las ciudades y pueblos asediados por las bombas, ésas sí son pérdidas irreparables, aunque, al parecer, todavía no hayan ganado el beneplácito de los medios de comunicación y menos el de la población privilegiada que aún vive a salvo de la pobreza, de la guerra y de la obligada migración, gente convencida de que lo del cambio climático será cosa de otros y otras, porque la tecnología, la misma que hizo posible ver arder Notre Dame en tiempo real, los y las salvará.
Y entonces, llegado este punto, es cuando me detengo a pensar que no sólo somos destructivos y malintencionadamente ignorantes, somos también ilusos e irremediablemente estúpidos.

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