Tradúceme... si te atreves


(1-2-2019)


Traicionar la palabra: hablemos de idiomas, traducciones e infidelidades
(Una breve conferencia que impartí el 30 de junio de 2018, en el marco del
Primer Coloquio de Investigación, Docencia y Aprendizaje en Lenguas Extranjeras,
organizado por el Departamento de Idiomas de la UMSNH)


Me he preguntado en ocasiones cuál pudo haber sido la primera vez en la historia de la humanidad que quizá alguien tuvo la necesidad de traducir o traducirse a sí mismo, y he especulado con la probabilidad de una respuesta sencilla que podría ser fácilmente relativa y circunscrita a la más absoluta cotidianidad. Tal vez pudo ser algo así como el simple uso de un rudimentario lenguaje de señas y gestos para traducir lo que ya se había dicho verbalmente con anterioridad y sin efectividad comunicativa. Este mecanismo, dicho sea de paso, sigue siendo un recurso muy eficaz cuando viajamos a países cuyas lenguas nos resultan desconocidas y tenemos que hacer frente a la comunicación más primitiva y traducir las palabras a un lenguaje no verbal, gestual y corporal. Y es que una de las acepciones del término “traducir” es, precisamente, “explicar o expresar de forma diferente algo que ya se ha expresado de otra forma”.
De ahí que la traducción, en realidad, sea una práctica mucho más cotidiana y recurrente de lo que pensamos, de hecho, cada vez que nos expresamos con una falta de claridad suficiente para resultar incomprensibles a nuestro interlocutor o, dicho de otro modo, cada vez que nuestra lengua se enreda en un galimatías de palabras poco eficaces para hacernos entender, nos vemos obligados a “traducirnos” a un mejor lenguaje verbal: más diáfano, más directo, más sencillo o más cercano, uno compartido por el que habla y el que escucha y, con frecuencia, reforzado por aquellos elementos no verbales que ayuden a una más eficiente comprensión.
Claro está que todo lo anteriormente dicho tiene que ver con esa necesidad tan humana de comunicar a fin de aproximarse al otro, para coincidir o disentir, pero sobre todo para hacer frente a nuestra condición, finalmente irresoluble, de seres escindidos y solos, tal y como, en metafórico modo, nos viene a relatar el castigo divino de Babel, el de la segregación lingüística, seres humanos condenados a no entenderse en un primitivo tiempo en el que “Toda la tierra tenía un solo idioma y las mismas palabras” (Gen 11,1), uno de los peores escarnios posibles, siendo así que el acto de comprensión lingüística es ya difícil en sí mismo aun en una misma lengua. Así, Babel, no es más que una forma de explicar que, en realidad, todos somos ininteligibles para los demás, pues no hay traducción perfecta, dadas las limitaciones del lenguaje, entre nuestras ideas y las palabras que usamos para expresarlas, por muchos recursos verbales y no verbales que pongamos en práctica, y más allá de eso, si consideramos la arbitrariedad del lenguaje, entre las palabras y los objetos a los que representan. De hecho podemos considerar que “El límite de lo representable (objeto de representación) es lo pensable o posible (el sentido o totalidad de sentido), y a este apunta el límite del lenguaje como instrumento de representación” (Coble Sarro, 2015: 47).
A ello debemos añadir otro planteamiento más, el hecho de que nada puede ser pensado o expresado fuera del lenguaje como reconoce Wittgenstein (2009) al afirmar que los límites de su lenguaje se corresponden con los límites de su mundo. Tal idea nos sitúa ante una cierta individualidad lingüística pues, aunque una comunidad de hablantes comparte una mayoría de rasgos en el uso denotativo de una lengua que permite la comunicación más o menos fluida entre sus miembros, a la hora de pensar el mundo y, como no, también de expresarlo de manera verbal y no verbal, cada hablante le otorga un uso connotativo particular determinado por un aprendizaje y una experiencia vital propias e intransferibles en su totalidad, como ya nos anunció el filósofo José Ortega y Gasset al aseverar que él era él y su circunstancia (1995). 
Tanto más se complica cuando se trata de trasladar un texto, oral o escrito, de una lengua a otra. En tal caso el conflicto se agrava considerablemente si tenemos en cuenta que “traducir”, derivado del latín “traducere”, cuyo significado es “pasar de un lado a otro”, tal vez como quien atraviesa un río esperando encontrar la solución en la otra orilla, comparte raíz etimológica con la palabra “traición”, del latín “traditio”, que significa “entrega”, como sabemos, traicionar es entregar algo o a alguien al enemigo. No es de extrañar entonces que, en italiano, el lema con el que se definen a sí mismos traductores e intérpretes de distintas lenguas sea precisamente: “traduttore, traditore”, lo que traducido al español sería: “traductor, traidor”.
Y así resulta que el paso de un idioma a otro idioma es, más que atravesar el río, el cruce de la laguna Estigia, a remos del traductor-traidor Caronte dispuesto a entregar el texto al enemigo que habita en la otra orilla, donde lo espera el inframundo de una lengua que le es ajena. Dicho sea en honor a Dante, que el célebre autor de la Divina Comedia, a quien es imposible olvidar al mencionar al barquero Caronte y su dantesco espectáculo (valga la redundancia), ha sido considerado el padre del italiano como lengua vernácula y responsable, en buena medida, de convertir dicha lengua vulgar en lengua culta, no obstante, sus tratados sobre literatura, filosofía y política los escribió en latín y nunca los tradujo al italiano que tanto defendía.
Traducir se convierte en acto de traición desde el momento mismo en que se concibe tal posibilidad, pues cada lengua representa un modo único de pensar y expresar el mundo que rodea e identifica a una comunidad idiomática. Esta afirmación depara una consecuencia lógica: la imposibilidad real de trasladar estrictamente el sentido de lo expresado en una lengua a otra lengua, aun cuando ambas guarden parentescos de procedencia, pues siempre existirá una multitud de discrepancias entre ellas, no sólo gramaticales, sino fundamentalmente culturales, insalvables. Lo que yo expreso en mi idioma, que es el español, se sostiene sobre un conjunto de saberes, prácticas sociales históricamente determinadas, usos y tradiciones que son  propias de mi cultura y que no pueden ser expresadas en toda su complejidad en otras lenguas, por ausencia de referentes idénticos que lo permitan (aclaremos que “tradiciones” es palabra que, por cierto, comparte raíz etimológica con “traiciones”, pero aquí lo que se entrega es el conocimiento ancestral, y no al enemigo sino a las sucesivas generaciones).
Así las cosas, al traductor no le queda otra solución que resignificar lo escrito o hablado originalmente en el idioma fuente para poder expresarlo en el nuevo idioma de la manera más inteligible, sabiendo de antemano que no será fácil y, mucho menos, preciso ni fiel al resultado, y que la traducción acabará siendo sólo una aproximación mejor o peor lograda del texto original con muchos aportes personales de parte del que la realiza, en palabras de Santiago Venturini (2011: 134): “una operación de escritura productiva, de re-escritura donde lo que se escribe ya no es el peso del texto extranjero como estructura monumental, sino una representación de ese texto: esto es, una invención”.
Pues sí, resulta que traducir es un asunto de infidelidades y, aunque la infidelidad tenga tan mala prensa social, en este caso es aceptada como inevitable y, más aún, como lícita y hasta aconsejable, en tanto la transferencia de una lengua a otra en realidad no lo es, o no lo es únicamente, pues como afirma Walter Benjamin: «Ninguna traducción sería posible si su aspiración suprema fuera la semejanza con el original. Porque en su supervivencia –que no debería llamarse así de no significar la evolución y la renovación por las que pasan todas las cosas vivas– el original se modifica» (Benjamin, 2007: 81).
La traducción implica un ejercicio interpretativo mediante el cual el traductor busca establecer las relaciones posibles entre lo dicho en una lengua y el modo de expresarlo en la lengua receptora, ejercicio que no puede huir de la subjetividad en tanto que cada intérprete recurre a sus propios referentes culturales que forman parte de su inconsciente ideológico, aun cuando se apoye en algunas otras informaciones externas más objetivas, subjetividad con la que hay que lidiar y, sobre todo, reconciliarse.
No es de extrañar, entonces, que la traducción haya sido una de las más importantes controversias para la literatura comparada, pues nos sitúa ante la problemática obvia de que los textos que se comparan están escritos en distintas lenguas y no siempre el investigador que hace uso de la comparación está capacitado para leerlos en sus lenguas originales, debiendo así recurrir a las traducciones de las obras, que ya no son las obras mismas, sino lo que de ellas hicieron los intérpretes al traducirlas. Además traducir es ya un acto de comparación entre lenguas en sí mismo. Como afirma Venturini (2011: 135):
"Asumir el estatus que acabamos de conferirle a la traducción implica reconfigurar el vínculo entre esta y la literatura comparada. Porque al dejar de definirse en los términos restrictivos de la mediación o la transferencia del sentido estable de un texto «original», y al adquirir la autonomía de un acto de reescritura de otro texto según una ideología, una serie de pautas estéticas y de representaciones sobre la otredad, la traducción abandona su rol de práctica instrumental y aparece como la práctica privilegiada que condensa un rango de cuestiones y problemáticas relacionadas con las articulaciones mayores de lo nacional y transnacional, de lo vernáculo y lo extranjero. La traducción se vuelve el acontecimiento comparatístico por excelencia (…)."
De las problemáticas anteriormente mencionadas deriva la histórica confrontación entre traductores: los que defienden una mayor literalidad en la traducción, aunque eso signifique un resultado final más austero y quizá menos cercano al bagaje cultural del posible receptor, en pro de una pretendida mayor “fidelidad” al texto original (poniendo comillas a “fidelidad” puesto que, como ya mencioné anteriormente toda traducción es una traición al texto), y los que se inclinan por una traducción más libre, quizá no tan apegada a la lengua de origen, sino más próxima a los referentes lingüísticos a través de los que se expresa la cultura destinataria.
Este conflicto, si se le puede llamar así, ha dado lugar a numerosas diferencias entre traductores, sobre todo cuando se trata de la traducción de un texto literario. Viene a mi memoria, concretamente la controversia protagonizada por los poetas Álvaro Armando Vasseur, Jorge Luis Borges y León Felipe, los tres traductores de profesión, en torno a la traducción del inglés norteamericano al español de una obra cumbre de la literatura universal del poeta Walt Whitman. La polémica se produce tras la publicación de lo que León Felipe llamará “paráfrasis” (Losada, 1968) del Canto a mí mismo (tal y como él traduce el título), al defender una postura frente a la práctica de la traducción de textos literarios quizá más inteligente, consistente en percatarse de que, en todo caso, la traducción es interpretación abierta, recreación e invención, y defendiendo la posibilidad de una traducción más libre, más poética podríamos decir, que permita asimilar la belleza del texto de Whitman desde los elementos referenciales del hablante de español, y, claro está, desde los suyos propios, a los que no quiere renunciar. De ahí que la llame “paráfrasis” y no traducción, en un intento, tal vez, de ser más honesto con el resultado final. Ante esta versión del Canto a mí mismo, el purista y poco o nada humilde, Borges, asumirá una postura crítica, por lo que considera una excesiva libertad interpretativa de León Felipe, de lo que él traduce como Canto de mí mismo, definiendo también el lugar donde se sitúa ante la traducción al afirmar: "Mientras tanto, no entreveo otra posibilidad que la de una versión como la mía, que oscila entre la interpretación personal y el rigor resignado" (Borges, 1991: p.11). Borges es partidario de una traducción más austera y pretendidamente más fiel en la que las libertades del traductor sean mínimas.
Anterior a ambas versiones del “Canto” de Whitman, nos encontramos con la traducción de Vasseur (1912), titulada Del canto de mí mismo, donde claramente se inclina por una literalidad que raya en lo antipoético, y que convierte el bello texto de Whitman en algo aséptico y mortecino. A los ejemplos me remito:
SONG OF MYSELF
I celebrate myself, and sing myself,
And what I assume you shall assume,
For every atom belonging to me as good belongs to you.

DEL CANTO DE MÍ MISMO (Traducción de A. Vasseur)
Me celebro y me canto,
Lo que me atribuyo también quiero que os lo atribuyáis,
Pues cada átomo mío también puede ser de vosotros, y lo será.

CANTO DE MÍ MISMO (Traducción de J. L. Borges)
Yo me celebro y yo me canto,
Y todo cuanto es mío también es tuyo,
Porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca.

CANTO A MÍ MISMO (Traducción de León Felipe)
Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.

Yo, particularmente, soy más proclive a defender la postura de León Felipe que la de Borges, pues como indica Juan Frau (2002: 6): “Ante la disyuntiva de acercar al lector hacia el texto original o hacer que se olvide de que se encuentra ante una traducción (…), León Felipe opta por la segunda posibilidad”, pero, sobre todo, porque estamos tratando con obras literarias y no con manuales de física cuántica o de medicina que quizá exijan un mayor rigor y apego a los lenguajes técnico y científico que son propios de dichas áreas de conocimiento y producción intelectual, puesto que, en este caso, una libertad de interpretación excesiva podría provocar errores considerables y, en extremo, peligrosos. Pero si se trata de un texto literario, cabría preguntarse si merecen ser sacrificados el cuidado del estilo, la potencialidad poética del texto y la intensidad significativa a cambio de una literalidad que, a la postre, nunca resultaría del todo fiel al texto fuente, puesto que el paso a otra lengua, ya lo convierte inevitablemente en otro texto.
La asunción de responsabilidad en relación con el texto a traducir debe, desde mi punto de vista, conducir al traductor a involucrarse de manera más comprometida con su traducción, a considerarse, en cierta medida, creador activo de la nueva versión en otro idioma y no mero vehículo de transmisión de una obra que empieza a vivir en otra lengua, para otros hablantes y lectores. Y, ya puestos a pecar de infidelidad, mejor hacerlo sin remordimientos y con el beneplácito propio y ajeno de quien traduce y de quien goza con la lectura de la traducción.

Bibliografía
BENJAMIN, W. (2007): Conceptos de filosofía de la historia. La Plata: Terramar.
COBLE SARRO, D. (2015). “Límite de mi lenguaje como límite de mi mundo”. Factótum. Revista de Filosofía. Núm. 13, pp. 45-69.
FRAU, J. (2002). “Una traducción polémica: León Felipe ante la obra de Whitman y Shakespeare”, Hermēneus. Revista de Traducción e Interpretación. Núm. 4, pp.1-26.
ORTEGA y GASSET, J. (1995). Meditaciones del Quijote. Madrid: Cátedra
VENTURINI, S. (2011). “Literatura comparada y traducción: dos versiones argentinas del spleen baudeleriano” [artículo en línea], 452ºF. Revista electrónica de teoría de la literatura y literatura comparada, 4, 131-141.
WHITMAN, W. (1991). Hojas de hierba. Edición bilingüe. Traducción y prólogo de Jorge Luis Borges. Barcelona: Lumen.
̶̶ ̶ ̶̶ ̶ ̶̶ ̶ ̶̶ ̶  (1997). Hojas de hierba. Traducción de Armando Vasseur. México: Fontamara.
̶̶ ̶ ̶̶ ̶ ̶̶ ̶ ̶̶ ̶  (1997). Canto a mí mismo. Traducción de León Felipe. México: Océano.
WITTGENSTEIN, L. (2009). Tractatus Logico-Philosophicus. Madrid: Alianza.

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